
Con la aparición de Morrissey como headliner del Festival CBGB, vuelve una interrogante que la verdad, ya no es nueva, pero sí cada vez más inevitable: ¿creer o no creer en que de verdad se presentará y no cancelará a última hora?
La pregunta puede sonar dura, pero no surge de la nada. Surge de una relación larga, emocional, algo tóxica y, para muchos fans, profundamente significativa, porque el ser fan nunca ha sido solo escuchar música, sino que es también construir un vínculo con alguien que ha sabido ponerle palabras a lo que sentimos, incluso cuando nosotros no podíamos. Es crecer con canciones que se vuelven parte de tu identidad, y cuando eso pasa, la conexión deja de ser superficial, pero también hay otra parte de esa relación que no siempre se dice en voz alta, y es que ser fan implica sostener o soportar mucho… Es sostener con tiempo, con atención, con dinero, con energía y a veces hasta con lágrimas. Es estar atento y que cada boleto comprado, cada concierto lleno, cada gira que sigue adelante existe gracias a ese respaldo constante, es decir, que no es algo pasivo, sino que el ser fan es una decisión que se repite y que se vuelve toda una experiencia de vida y cultural.

Y bien, es justo ahí donde el caso de Morrissey se vuelve incómodo, tóxico, emocional e incluso podríamos atrevernos a decir que un poco cínico, porque no estamos hablando de un artista que canceló una vez, o dos, estamos hablando de una trayectoria marcada por cancelaciones recurrentes, por giras interrumpidas y por una sensación constante de incertidumbre entre sus fans y no tan fans que pone un tema muy importante sobre la mesa.
Aunque desde los tiempos de The Smiths ya se tienen registros de algunos problemas, cambios y cancelaciones, entre otras cosas, es en si desde los años 2000, que sus presentaciones en vivo han estado atravesadas por problemas que van desde cuestiones de salud (las cuáles son por supuesto completamente válidas), hasta situaciones logísticas y decisiones que, vistas desde fuera, no siempre terminan de explicarse.
En 2006 y 2007, varios conciertos tuvieron que suspenderse por problemas de garganta y otras enfermedades. En 2009, una gira en Estados Unidos sufrió múltiples cancelaciones. Pero fue en 2013 cuando la situación se volvió especialmente crítica: infecciones respiratorias, neumonía e incluso intoxicación alimentaria derivaron en una cadena de fechas canceladas o pospuestas en distintos países, y para muchos fans, ese año marcó un punto de quiebre, pues en 2014, la inestabilidad continuó: Shows anunciados que no se llevaban a cabo, cambios de último momento, una gira que parecía no terminar de consolidarse y más adelante, entre 2016 y 2019, las razones empezaron a diversificarse, es decir, no solo eran cuestión de salud, sino también conflictos con venues, problemas de producción y cancelaciones que llegaban con poca o nula anticipación o con explicaciones tan vagas que irremediablemente parecían excusas.
En 2018, por ejemplo, canceló varias fechas en Estados Unidos citando una falta de apoyo promocional, y en 2019, suspendió shows en Canadá y otras ciudades sin que quedara del todo claro qué había pasado. Por si fuera poco, en años más recientes, las cancelaciones de último momento y la comunicación inconsistente han seguido formando parte de la experiencia de muchos fans, especialmente en Europa y Latinoamérica, tal es el caso del show del año pasado que se llevaría a cabo el 31 de Octubre en la Ciudad de México, en el cual canceló a prácticamente a un par de horas antes del show y fue OCESA quién mediante un comunicado lo anunció, pero no se dieron causas especificas y los fans se sintieron profundamente decepcionados, porque incluso muchos ya se encontraban en camino o fuera del venue para disfrutar del show.
Y sí, hay algo que no se puede ignorar, que la salud importa, porque claro, nadie está exento de enfermarse, y hay situaciones que simplemente no se pueden prever. Eso sin duda merece empatía y respeto para el artista porque también son humanos. Pero la conversación no termina ahí, porque el problema no es solo cancelar, sino es cómo se cancela, cuándo se cancela, y qué tan claro se es con quienes están del otro lado, porque del otro lado no hay solo “fans”. Hay personas que compraron boletos con meses de anticipación, que quizás viajaron a otra ciudad, a otro país, incluso a otro continente y que pagaron vuelos, hoteles y traslados. Fans que hicieron elaborados vestuarios o ahorraron mucho para llevar a sus familias o parejas, fans que organizaron sus vidas alrededor de un concierto que, muchas veces, no ocurre y ni siquiera se da la cara de forma respetuosa para aclararles de manera responsable las razones de la cancelación.

Pero tratando de darle peso a sus razones, aún así, el ciclo se repite: Se anuncian nuevas fechas, y los boletos se vuelven a vender y los venues se llenan otra vez… No porque el público no sepa lo que ha pasado, sino porque hay algo más fuerte que la experiencia negativa de simplemente no ir. Algo que tiene más que ver con la emoción que con la lógica.
Como mencionábamos antes, desde su paso por The Smiths hasta su carrera como solista, la música de Morrissey ha significado mucho para demasiadas personas.
Ha acompañado a sus fanáticos por muchos procesos en sus vidas, ha dado identidad y sin duda ha sido refugio, y ese tipo de vínculo no se rompe fácilmente, por eso, para muchos fans, seguir ahí no es ingenuidad, sino una mezcla de lealtad, nostalgia y un montón de esperanza de que, esta vez sí, todo va a salir como debería.
Pero ahí es donde la conversación se vuelve realmente incómoda, porque en algún punto, entender y ser empático deja de ser lo mismo que justificar o disculpar, y la pregunta deja de ser sobre el artista para volverse hacia nosotros: ¿Cuántas veces estamos dispuestos a aceptar el mismo patrón? ¿En qué momento la lealtad empieza a parecerse más a la tolerancia o incluso a al ingenuidad? ¿Y hasta qué punto el legado puede seguir compensando el presente? ¿Cuánto valor y poder le damos a una persona a la que claramente se le está disculpando todo simplemente por ser quién es?
El caso de Morrissey no es completamente único pero si uno de los que más revuelo han causado… Artistas como Lauryn Hill, Kanye West o Frank Ocean, o en nuestro país Blink 182 o FKA Twigs, también han protagonizado conversaciones similares en torno a cancelaciones, retrasos o presentaciones irregulares.
Pero eso no diluye el problema, sino que pareciera que lo hace más evidente. Tal vez el punto más difícil de aceptar es este, el seguir apoyando también es una decisión, no siempre consciente, pero sí muy constante que sigue inclinando la balanza a favor del artista. Cada vez que compramos un boleto, cada vez que decidimos volver, estamos participando en esa dinámica y estamos diciendo, de alguna forma, que el vínculo pesa más que la experiencia misma, y eso no necesariamente está mal, pero sí merece ser cuestionado, porque no se trata de cancelar a un artista ni de borrar lo que su música ha significado para todos nosotros, se trata de reconocer que el cariño no debería cancelar la crítica o hacernos ciegos ante las inconsistencias, y que la empatía no debería eliminar la exigencia o el respeto.
Tal vez la pregunta sigue abierta, pero cada vez pesa más: ¿Creer o no creer? ¿Confiar o no confiar? ¿Somos fans, víctimas o cómplices? Cuéntanos si alguna vez han cancelado un show de último minuto al que ibas a asistir, o dinos que opinas sobre esta polémica al rededor de Morrissey.


